bordear
del diario al taller
sábado Mis manos están arrugadas de tanta agua. Estamos adentro de la humedad. Tuvimos que esperar a estar muy cerca para ver, casi nos chocamos con las rocas. La playa tuvo un descanso de humanos, eso se nota: colores que vibran, cangrejos, un escudo al que le pedí permiso para llevarme. El borde de espuma señalando el paso. El agua verde-gris, preciosa y llana. Luego el agua verde-gris en gotas de lluvia. Luego el agua verde-gris en un mar amplio y libre, sólo habitado por nosotrxs cuatro, esa ternura, esa herencia, genealogía acuosa. En el baño escribo esta imagen: “bordear: revelar la forma”. Cuando vengo en busca del diario para registrarla, muevo el escudito y se quiebra bajo mis manos, otra forma de la huella, de la forma. Más tarde, más cielo, caminamos por la playa en desnivel, la de la arena que se adhiere a la piel. Un cuervo mide nuestro ritmo, espera para acercarse a su presa. Aguas vivas sin tentáculos acompañan la orilla. Me distancio un poco para ver, para reconocerme cerca. Me gusta la perspectiva de la escena más amplia, los pasos se confunden en la arena, los colores brillan con el fondo gris. De nuevo en la punta espero un poco para sumarme al ritual del estiramiento. domingo Me despierto de golpe, ganas de ir al baño, el sonido de un maullido lejano, siento la distancia en este abrir la puerta sin preocupación. Por la ventana sigue el gris condensación. Más frío, malla húmeda, demoro en arrancar, tomo mate desde el mismo punto, la espera se vuelve contemplación. Caminamos casi sin ver de nuevo. Los surfistas aparecen de golpe, mis pasos son raros, algo me duele. Emi juega a dejar huellas de pájaro, perro, caballo. El agua sigue verde perlada. Entre las rocas, las playas que nacen de vez en cuando, recuerdos de lo que cambia. Encuentro caracoles, Emi los tira al agua para que algún molusco los vuelva hogar, buscamos diversidad de tamaños y formas. Él propone un juego de paciencia: quiere ver de nuevo cómo el agua deja burbujas en la parte tornasolada del mejillón. Yo subo la mirada, descubro una tortuga y digo mi gesto pero con unos segundos de distancia: levantá los ojos. Espero y vuelve. La tortuga se multiplica: hay dos, tres, ¿cuatro?, ¿cinco?. Cada número renueva la emoción, estoy emocionada. Nunca vi tantas. Dinosaurios modernos. Recuerdo las que veo entre las olas, solitarias. Las de México, que nadaban juntas y veíamos desde el borde horizontal del mar. Pienso que quiero escribir todo esto. Lo hago con las gotas de lluvia deslizándose por el vidrio, el viento mueve la cortina, yo tomo mate. Escucho las olas desde acá, contemplación corporal. Llueve, llueve, llueve. El piso de arriba se convierte en oído gigante, cada cosa suena mucho más. Mi panza también. Queremos helado, las referencias cambian con la noche y la lluvia. Guío por el camino entre plantas, es difícil encontrarlo en la oscuridad, dar pasos entre los charcos, las chancletas que resbalan o se quedan pegadas, las plantas que se vuelven selva. Pongo atención en cada movimiento. Es divertido el juego. martes Antes de comenzar un encuentro individual y ya habiendo pasado 24 horas desde que volví a Montevideo, no quiero olvidarme de la tonina que vi ayer de mañana desde el alero. Antes de la carretera, la lista de pendientes, todo el calor de la ciudad, un instante de contemplación al mar. Un punto negro se hizo aleta y luego lo más parecido a un delfin-ballena. Un punto negro que quizás era dos cuerpos. La alegría de estar atenta, presente. La alegría de escribirlo hoy acá.
Se termina marzo, sucede la semana de turismo, el lunes empieza el nuevo año oficial. Quería escribir un texto para profundizar en la idea de los “interruptores inspiradores” que guían la propuesta de la nueva edición -la quinta- del taller anual “Habitar la escritura” y me di cuenta que aparecían orgánicamente en mis notas del diario de este último fin de semana. Fuimos a Punta del Diablo con mis padres y mi hermano Emi que vino de visita desde México y quería muy especialmente meterse al mar. Viaje intensivo, pocos días, mucha humedad y lluvia, que por suerte no impidió que entráramos al agua y que disfrutáramos de la convivencia y la calma. En el viaje de ida me llegaron al mail varias conformaciones de trabajos y formaciones que esperaba hace tiempo. Me abrumé. Mi agenda se sobrecargó y, además, tenía que completar y solicitar todo tipo de formularios, todas cosas para después, para el lunes, para la ciudad. Agendé lo que pude desde el celular y cuando llegué a Punta del Diablo ordené lo que faltaba en tres listas a mano. Después de eso pude estar en el presente y descansar. Llegaron los regalos: juegos, siestas, animales, baños, silencios, libros, aburrimientos, charlas, helados. Volví al diario con otra atención, incluso con otra inspiración. También volví a mi casa con la energía renovada para reordenar la vidita, para discernir entre lo importante y lo urgente, el lugar de cada cosa. Es que para cuidar y sostener, es necesario tener espacios de fuga, de interrupción, de descanso. Salgo para entrar, entro para salir, entro y salgo con compromiso.
Esa distancia que posibilitó el descanso es la intención detrás del nuevo formato del taller:
Vamos a tener 4 encuentros al mes, de los cuales 2 serán presenciales (cada quince días) y 2 serán invitaciones chiquitas para hacer en sus casas que nombré “interruptores inspiradores”.
Esto nace de la preocupación por encontrar formatos cuidadosos para que podamos sostener el espacio-tiempo de taller desde el compromiso y no desde la exigencia. Siento que es muy potente lo que sucede en la presencialidad y en el tiempo sostenido compartiendo con otrxs: leyendo, escribiendo, conversando y todo lo que sucede en el medio. A la vez, la experiencia me va mostrando que es algo que cada año parece más difícil.
Hubo charlas, lecturas y contemplaciones varias que ayudaron a encontrar esta forma. Ahora se me vienen dos voces, la de Carlos Skliar y María Sánchez. De esa madeja distingo estas ideas: escribir para interrumpir el relato/ no dar continuidad al mundo así como es, a la resignación, al subirse, adaptarse a lo que hay, preparase para. Interrumpir lo que parecía que no podía tener otra forma para abrir las preguntas, la imaginación, el futuro.
Si algo de todo esto te resuena, escribime, contame, preguntame, sigamos abriendo la conversación, las posibilidades para habitar desde la suavidad y la potencia.
Y si están en Montevideo o sus alrededores con ganas de compartir con otrxs un tiempo y espacio para escribir, podés chusmear más sobre el taller “Habitar la escritura” en este dossier. Comenzamos en mayo y seguimos, con las pausas necesarias para inspirarnos, hasta diciembre.
Abrazo grande de borde del año,
Lau




