investigar
En el primer post it que inauguró el espacio de escritura en mi casa, transcribí la definición de investigar que Ileana Diéguez Caballero comparte hacia el final de su libro “Cuerpos liminales. La performatividad de la búsqueda”. Ese era el fragmento que me convocó del libro cuando lo abrí, a modo de oráculo, en una de las últimas librerías que visitamos en Ciudad de México, el verano previo a que naciera el taller “Habitar la escritura”. En ese momento no sabía que mi casa se iba a transformar en taller. Mentira, sí lo sabía, pero no tenía ni idea de cuál iba a ser la forma ni mucho menos todo lo que hay guardado en la palabra transformar y, por qué no, taller. En la semilla de ese proceso, entonces, me guiaban estas palabras:
Buscar o investigar no es, de ningún modo, iluminar. Es una travesía en las sombras, una exposición de contraluces, un correr de velos, un espejismo, una ficción. Es apenas la nostalgia de un cuerpo y su desesperada imaginación. Investigar será siempre la invención de un relato, el insistente rodeo de una imagen que vemos aparecer y que intempestivamente se desvanece. Por nostalgia intentamos atarla a una escritura, fijarla y develarla, pero solo iniciamos procesos de duelo. Lo que aparece es apenas un presagio, un cuerpo del deseo.
Indagar, buscar, es también imaginar, es un trabajo de capas -como lo es también el acto de escritura- palpando las materialidades para recordar los sitios donde algo hemos perdido y donde también hemos encontrado.
Lo que estaba en las sombras de mi búsqueda era, justamente, el cuerpo del deseo, que incluye la forma material que puede tomar y el gesto de abrir espacio adentro y afuera para que eso suceda. Así fue que llamé a otras personas a que se sumen a explorar, iluminar y apagar palabras, a investigar en círculo cómo es la escritura de cada quien.
Hace poco más de un año, le pedí a mi hermano Emi que vive en México desde aquel viaje que mencioné antes, un libro que no encontraba acá, “Escrituras geológicas”, de mi adorada Cristina Rivera Garza, quien ya me había regalado las palabras que me ayudaron a nombrar el espacio de taller y también su sentido (habitar, cohabitar, sobre esto escribí más en esta carta). Ahí encontré la renovación del pacto creativo con lo que significa para mí crear y compartir un taller, un fragmento que aún no pasé a post it porque ya lo tengo muy cerca del cuerpo:
Lejos de ser una tarea rígida con formato preestablecido, la investigación es en realidad una forma de imaginación y de cuidado. Lo que nos permite acercarnos a los enigmas que poco a poco generan la práctica de la escritura no es una identidad compartida, sino el trabajo propicio, y propiciatorio, de la atención, que es una praxis tanto material como espiritual. La que investiga convoca y reúne, crea contactos, invita al diálogo. Investigar es una forma de extender el abrazo.
Entre uno y otro fragmento veo un camino. No es lineal, ni tampoco muy definido. Se acerca más a las huellas sutiles y profundas que deja el agua en la tierra. Es el espacio donde antes hubo una piedra, una cañada, un animal. Es el espacio que abre la memoria, que habilita las preguntas sobre qué pasó, qué pasa, qué pasará. Es preguntarnos sobre qué queremos y podemos cuidar.
El año pasado, el cuarto habitando la casa-taller, fue complejo. Por un lado, sentí lo profundo del paso del tiempo, la atención amplificada, afinada, la confianza de seguir experimentando la belleza de observar cómo se expanden los espacios poéticos de cada participante, cómo se enriquece la vida y la creación, lo importante de habitar un tiempo y espacio presencial junto a otras personas. A la vez, sentí todo el peso de la precarización, del ser yo sola sosteniendo cada parte, de la incertidumbre, la tristeza de las personas que fueron dejando el taller por falta de tiempo, de plata, por exceso de capitalismo en sus vidas, en las nuestras. Esa mezcla me llevó a preguntarme mucho sobre qué vidas estamos viviendo en general y sobre cómo propiciar espacios suaves, donde la palabra compromiso sea la que guíe y no la exigencia (así nació este post).
Eso reafirmó la necesidad de insistir en algo que ya estaba haciendo: encontrarme con otras talleristas, creadoras, trabajadoras independientes, pensar juntas sobre nuestras prácticas, compartirnos sueños y preocupaciones, propiciarnos una jubilación. En este gesto nacía sin saberlo una nueva semilla que ahora, con más conciencia, estoy explorando qué formas puede tomar. Por eso vuelvo a la palabra investigar, que es búsqueda, es cuerpo, es cuidado, es atención, es abrazo y es en colectivo. Por eso escribo hoy.
Una de las obsesiones que me inspira para crear y compartir talleres (que es otra forma de decir investigar) actualmente es cómo narramos el tiempo. Sobre esto escribí este post.
Si estás en Montevideo (o cerca de Montevideo) y con ganas de explorar sobre esta pregunta, podés sumarte al taller “Habitar la azotea”, que estaré guiando durante febrero y marzo. Encontrás más información en este dossier.
Gracias por leer.
Abrazo,
Lau



Estoy construyendo un espacio gastronómico en La Esmeralda, Rocha. Tus palabras resuenan muchísimo con la visión que intento habitar. Muchas gracias por este texto!